La capital de la República Checa atrae a millones de
turistas cada año seducidos por sus calles ricas de historia y arte, y sus
monumentos y plazas que recuerdan uno de los legados literarios esenciales del
siglo XX, el del “enjuto, enfermizo y tímido” Franz Kafka. Éste es el retrato de
una ciudad sumergida en la angustia y el delirio de la literatura y la sociedad
de consumo.
La ruta de Viena
a Praga pasa por una típica autopista europea que conecta, en la frontera
austriaca, con una vía estrecha y sinuosa perdida en el verdor de la campiña y
el silencio de un rosario de aldeas grises. El paisaje de la República Checa
puede resultar monótono y aun triste de no ser por el colorido excesivo de
numerosos anuncios de casas de citas o burdeles rurales. Pareciera que el fin
del comunismo es celebrado todavía con una fiesta de neones con aire de feria
ambulante.
La República
Checa es parte de la Unión Europea desde 2004. Mucho antes, durante la Segunda
Guerra Mundial, el país estuvo ocupado por los nazis antes de pasar a ser un
Estado socialista a la sombra de la antigua Unión Soviética. Unos 40 años
después, hacia el final de la década de los ochenta, la llamada Revolución de
Terciopelo anunció una serie de cambios importantes, entre ellos la división de
Checoslovaquia en dos naciones independientes (la República Checa y Eslovaquia).
Pero siglos
antes, el territorio dividido en tres principales regiones (Bohemia, Moravia y
Silesia), surcadas por los ríos Elba y Moldava, fue la cuna de un reino cuyos
orígenes se remontan al siglo IX. Desde entonces, la historia de los checos se
vinculó, no siempre voluntariamente, con la de los austriacos, húngaros y
alemanes. En el transcurso de los siglos, Praga fue acumulando historia, arte y
cultura, se convirtió en la sede de la universidad más antigua de Europa
Central y en el epicentro de una vida intensa, influenciada por una
poderosísima colonia judía, en la que Mozart se consideraba a gusto y
comprendido.
Praga puede
considerarse hoy, con permiso de París, la ciudad más romántica del mundo. Sus
plazas y cafés, avenidas y calles de encanto conviven sin complejos con el
espíritu consumista del turismo moderno, en el que no faltan los clásicos
hoteles de lujo y las tiendas elitistas. Es posible afirmar que Praga sea
también una ciudad para todos los gustos. El que quiera encontrar idílicos
instantes sólo tiene que darse una vuelta por el Puente Carlos al atardecer. El
que busque divertidos momentos en familia tendrá que recorrer la plaza central
y degustar algún helado mientras aguarda el funcionamiento del célebre reloj
astronómico. El que anhele tener una idea del peso de la historia, y de su
olor, debe visitar las sinagogas praguenses, y, de ser posible, echarle un
vistazo a las tumbas siniestras del antiguo cementerio judío.
Pero el que
quiera aproximarse a la literatura del siglo XX, y a una genial figura de este
arte, necesitará forzosamente realizar la conocida ruta de Franz Kafka, cuyo
nacimiento, un 3 de julio de hace 130 años, fue conmemorado por Google con la
imagen (“doodle”) de un “insecto monstruoso” que los lectores de La
metamorfosis debieron reconocer enseguida. El “enjuto, tímido y enfermizo”
Kafka, en palabras del escritor peruano Fernando Ampuero, fue el escritor más
influyente de la centuria pasada tras “revelarle al mundo sus interminables
pesadillas”. Unas pesadillas de angustia y desazón de las que millones de
turistas despiertan para contemplar, en cada visita, la belleza y el consumo de
la inolvidable capital checa.
Los caminos de Franz
El profesor de
literatura alemana Hartmut Binder es, posiblemente, el principal experto en el
mundo de Kafka y su obra. Éste es su consejo a la hora de querer interpretar la
increíble historia de Gregor Samsa: “La manera pertinente de tratar La
metamorfosis de Kafka consiste precisamente en renunciar al análisis racional
del ominoso proceso de transformación, es decir, en soportar ‘con desconcierto’
ese suceso”.
Esta advertencia
resulta útil si se toma en cuenta, según Elisabeth Fuchs, que “la narración ha
sido interpretada desde todas las tendencias imaginables, desde la
psicoanalista y la filosófica hasta la teológica. Una y otra vez se ha
establecido paralelismos con la relación de Kafka y su padre, una y otra vez ha
sido interpretada como crítica de Kafka a la sociedad”. Sin embargo, como bien
resalta Fuchs, “esto no significa que otros artistas (y lectores y turistas,
podríamos añadir) no puedan adoptar La metamorfosis”.
Éste es el caso
del periodista colombiano Juanjo Robledo, para quien Praga es el símbolo por
excelencia de la metamorfosis profunda y radical de una ciudad. “La
metamorfosis de Praga no ha sido fácil”, asegura Robledo, colaborador para El
País y la BBC, entre otros medios. “Durante los primeros diez años que
precedieron la caída del comunismo, las incipientes fortunas eran mal vistas y
asediadas. Praga había sido la ciudad más estricta en la doctrina y de repente
se veía desbocada, sin brújula. Quizás por ello ahora sea una explosión de
colores y tiendas que abren los 365 días del año. Algo sí tenían claro los
checos, su ciudad y su pasado son únicos. Desde la Revolución de Terciopelo
aumentan los turistas, más de seis millones al año (…). Praga, al igual que los
checos, ha vuelto a reinventarse”.
Una reinvención
admirable que contrasta con la defensa de un pasado único, en el que brilla
como un faro la herencia de la literatura kafkiana. La bloguera y profesora Eva
Paris comparte algunos de los hitos imprescindibles en la ruta del escritor: la
casa de Kafka situada en el número 5 de la calle U Radnice, cerca de la gran
plaza de la ciudad vieja; el número 22 de la Callejuela del Oro, inmueble que
el autor compartió con una de sus hermanas; la Universidad Carolina de Praga,
en la que realizó sus estudios de Derecho; el Museo Franz Kafka, que acoge una
completa exposición interactiva inspirada en su obra y su vida. Eso sin hablar
de los cafés y salones literarios que aún se pueden visitar, como el Slavia, El
Unicornio Dorado o el Louvre, y del cementerio judío de Olsany en el que
descansan los restos del genio.
Pero de los
monumentos y lugares que recuerdan a Kafka, posiblemente uno de los más
representativos sea la escultura de bronce realizada por el artista checo
Jaroslav Róna y situada al lado de la Sinagoga Española. La obra muestra a un
coloso trajeado, sin manos y rostro, llevando en hombros al pequeño y genial
creador de La metamorfosis (1915), El castillo (1922) y El proceso (1925),
entre numerosos relatos cortos y una abundante correspondencia con su prometida
Felice y su hermana Ottla.
Fernando Ampuero
recuerda que Kafka apenas vivió hasta los 41 años, con “serios problemas de
identidad”, tras padecer “toda su vida de insomnios y dolores de cabeza”, y siendo
“un checo de origen judío y germano, pero de idioma alemán por decisión de su
severo padre (que lo metió a un colegio alemán)”. Fue un hombre que compaginó
su oficio de escritor, por las noches y madrugadas, con el de especialista en
seguros y accidentes laborales. Aunque una extensa parte de su legado literario
se perdió para siempre, el mundo debe a Max Brod, amigo y admirador del
escritor, la preservación y publicación de una herencia que tanto influyó en el
pensamiento de Camus, Sartre, Borges y García Márquez. Y que atrae a tantos
visitantes venidos de todo el mundo, seducidos por la pasión, kafkiana y
constantemente metamorfoseada, de una ciudad única, atravesada por puentes y
palacios, mágica y misteriosa. Romántica y musical. Praga.
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Este artículo
fue publicado en el diario Panorama
(Maracaibo, Venezuela) el miércoles 17 de julio de 2013. La fotografía,
realizada por mí mismo, muestra una vista del Puente Carlos y el río Moldava.