La víspera de las elecciones que sellaron el segundo mandato de Donald
Trump, mientras caminaba por las desiertas calles de Washington D.C., pocas horas
antes de tomar el vuelo de regreso a Francia, nada podía prepararme para la
impresionante montaña rusa de cambios que hemos presenciado en los últimos meses.
Terminada la «tregua de Navidad», la flota militar estadounidense apostada en
las costas de Venezuela desde septiembre de 2025, destruyendo a su paso
supuestas narcolanchas, ha demostrado que su presencia no ha sido en vano al
llevar a otro nivel su caribeña «guerra fría».
La espectacular captura de Nicolás Maduro y de su esposa Cilia Flores quedará
para siempre grabada en nuestras retinas como la prueba más evidente de que los
mejores guionistas y productores de Netflix y Hollywood residen en la Casa Blanca.
Pero Venezuela es sólo un peón en el gran ajedrez concebido por Trump. Lo
que hemos visto hasta ahora es tan sólo una demostración de poder absolutista,
concebido según las coordenadas de esta segunda década de siglo. Mientras
tanto, miles, millones, se unen en cadenas de oración esperando que los tan
ansiados cambios lleguen por fin. Otros tantos consideran tener el derecho no compartido de declarar las opiniones que sí cuentan: «Sólo nosotros, los venezolanos,
podemos decir y decidir si lo que Trump ha hecho en Venezuela
nos conviene o no. Nadie, de ningún otro país, ha vivido y pasado por lo que nosotros
hemos sufrido». Estas mismas voces, por supuesto, no se lo piensan dos veces: «¡Por
supuesto que estamos de acuerdo! Gracias, Trump, te amamos, ¡eres el mejor!», y
cuando lo dicen o lo gritan a los cuatro vientos, lo hacen en un torbellino de
videos musicales con bailarinas que amasan arepas y anudan hallacas, y con imágenes
trucadas —la inteligencia artificial nunca había sido tan bienvenida— que
muestran a un Trump transmutado en aficionado al béisbol y a la cerveza zuliana,
con el mismo desparpajo de un vecino cualquiera de El Saladillo.
De verdad, a veces no entiendo qué me paso el día que nací en Maracaibo. Lo
único que me da ver una algarabía semejante es miedo. Pensar que trocar un
dictador por otro es la solución definitiva —y que nadie hable del petróleo
porque no hace falta— pone los pelos de punta. Si de verdad, a la larga, las
cosas llegasen a mejorar al punto de que la tan denostada diáspora podrá por
fin hacer marcha atrás, volviendo a un país que no será nunca el que vive en los recuerdos, pues bien, sí, ojalá, que así sea.
Pero algo me dice que las cosas no serán tan simples. La necesidad de un
caudillo está más vigente que nunca en Venezuela; somos incorregibles. «Hace falta
mano dura, es lo único que nos sacará de estos apuros». Si antes el líder supremo,
charreteras mediante, había de llamarse Juan Vicente, Marcos Evangelista o Hugo
Rafael, nacidos todos bajo el sol andino o el de los llanos, la nueva versión del
jefe máximo es la de un emperador contemporáneo, agigantado en su palacio miamense
de testosterona, decisor de los destinos de la mitad y un cuarto del planeta, ansioso
por que alguna academia deje de hacerse la sueca y lo premie, por fin, como el
mejor, el más listo, el gran pacificador, el que puso término a las guerras
creando nuevas, creando y dejando otras abiertas, por la mitad, desangrándose,
mientras suena la melodía de un violín, a lo Chaplin, y un globo terráqueo gira
y gira, como un juguete en exposición.
Entre un régimen de narcotraficantes y otro de billonarios neocolonialistas.
Es lo que nos toca.
El 3 de enero de 2026 pasará a la historia como el día en que los
venezolanos acabaron por demostrar a todo el mundo hasta qué punto llega la
incapacidad para gobernar un país con sentido común y amor por el progreso y el
bienestar de todos.
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Un fotograma de The Great Dictator (1940), de Charles Chaplin.