
Para financiar una parte de mis
estudios doctorales en Francia, iniciados hace cuatro años, me he dedicado a la
enseñanza del español. Primero como profesor particular en agencias de enseñanza
a domicilio para estudiantes con necesidades específicas, luego como docente,
durante unos pocos meses, en algunas escuelas parisinas de comercio, y, finalmente,
como profesor contratado por el Ministerio francés de la Educación Nacional.
Esta enriquecedora experiencia me ha permitido trabajar, hasta ahora, en un
liceo y cuatro colegios (en Francia, la educación secundaria se distribuye
entre cuatro años en el colegio y otros tres en el liceo; todos equivalen al
bachillerato venezolano o al instituto español).
Enseñar español a
adolescentes, sobre todo en el colegio, de edades entre los 13 y 15 años, no es nada fácil. La
educación pública francesa es gratuita, laica y obligatoria. En una clase
puedes tener chicos de origen árabe, asiático, africano y, por supuesto,
europeo. Es la rica composición de la multicultural sociedad francesa, característica
que muchos, lamentablemente, consideran un defecto o debilidad.
He dicho antes
que no es fácil porque si a las explosiones cósmicas de la adolescencia se combina
una educación disfuncional, carente de referentes (que es el caso de muchos de
los hogares de mis alumnos), pues pasar una hora intentando explicar la base
para presentarse (“hola”, “me llamo…”, “tengo trece años”) puede compararse al
hecho de montarse en una montaña rusa sin ninguna protección o cinturón de
seguridad. Toda una aventura.
Claro, cuando te
gusta enseñar, y te gusta trabajar con adolescentes, las cosas son un poco más
sencillas, o más divertidas y menos estresantes. Los chicos saben de inmediato
cuando estás a gusto con ellos. Y eso te lo agradecen mostrándote un genuino interés
y una lealtad incondicional. Es lo que pasa cuando, como en mi caso, se
terminan creando lazos de afecto entre todos los integrantes de la clase. Esto
no es ni siquiera lo más eficaz, pero es al menos lo que siempre termina
ocurriendo entre mis alumnos y yo. Me gusta que se sientan a gusto y cómodos,
que todos hablen y participen. Esta estrategia es extenuante porque, si bien da
resultados (los chicos aprenden español), no funciona cuando a la final se
espera que se aplique una disciplina a rajatabla. Y, desafortunadamente, soy
todo lo contrario del ideal del profe estricto y autoritario. Y eso los chicos
también lo “huelen” desde el primer momento.
Enseñar español, en
todo caso, es una de las mejores experiencias que me ha tocado vivir. Después
de dedicarme al periodismo por unos siete años, ahora tengo la posibilidad de
participar en el aprendizaje del que hoy es considerado el segundo idioma más
hablado del mundo después del chino mandarín y separado del inglés por apenas
un millón de hablantes. Ya se ha pronosticado que en 2050 Estados Unidos será
el país con el mayor número de hispanoparlantes.
Para terminar, creo
que si el francés es la música, el español es la poesía. La belleza de nuestra
lengua, expresada en una riqueza cultural acumulada tras siglos de historia, conquistas
y versos, es tal vez el mayor atractivo de mi trabajo. Eso y el hecho de
contribuir con un pequeño grano de arena a la educación de los chicos franceses
con los que he tenido el placer de trabajar. Es éste, para mí, el mejor aporte
que puedo dejar al crecimiento moral de Francia, nuestro país de adopción.
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La letra eñe es uno
de los símbolos clásicos del español como idioma. La imagen fue extraída del sitio
DonQuijote.org.