jueves, 12 de enero de 2017

Suiza o la receta secreta del bienestar








Chocolates, quesos, navajas y relojes. Y siglos de una cultura exaltadora de la calidad de vida. Así podría resumirse parte del legado que los suizos han cultivado durante su historia y que ha hecho de este pequeño país, de unos 41.000 kilómetros cuadrados, una de las cunas por excelencia del desarrollo y el progreso. Pero, ¿cuál es la receta detrás de tantos logros económicos y sociales? Ésta es, creo, mi respuesta.

Llegamos a Zúrich por la tarde, un otoño de hace algunos años. Todo luce ordenado y perfecto. Preguntamos por la Paradeplatz, uno de los sitios, según una guía turística, más emblemáticos de la ciudad. Caminamos hacia la plaza y, al llegar, vemos una serie de edificios sobrios y una amplia parada de tranvías. Nada más. Le preguntamos a un hombre que compraba un puñado de castañas asadas, en un inglés poco menos que aceptable, cuál era el verdadero interés de aquel lugar. “Nada en particular. Paradeplatz es el corazón de la banca suiza, el centro financiero de Zúrich”.

Andamos algunos metros y miramos los escaparates situados en el sector de la Paradeplatz. Marcas de lujo, precios exorbitantes. Una bufanda estampada cuesta unos 380 francos suizos; un vestido, con motivos de flores, pasa de los mil francos suizos, el equivalente, casi, de un sueldo mínimo en Francia. Los zuriqueses que vemos en las calles parecen el símbolo de la prosperidad. Aquí no se trata de exhibiciones de mal gusto ni de derroches. Zúrich, capital económica de Suiza, es una de las primeras ciudades con mayor calidad de vida en el mundo. ¿Cuál es el secreto? 

Suiza es una democracia estable. Su particular sistema de gobierno otorga a cada comuna y cantón de la confederación la potestad de gestionar los asuntos locales. Situado en plena Europa Central, es una nación neutral desde mediados del siglo XIX. Es, además, la sede de una lista respetable de organizaciones internacionales, desde los cuarteles de la ONU en Ginebra hasta la FIFA y el Comité Olímpico Internacional. Fue en Suiza donde se fundó la Cruz Roja y donde Albert Einstein dio forma a su célebre teoría de la relatividad, y donde tantos creadores famosos, como Chaplin o Jorge Luis Borges, vivieron y dieron el último suspiro. 

Una población de poco más de ocho millones de habitantes se distribuye en un territorio multilingüe y cosmopolita. La educación es prestigiosa y selectiva, aunque criticada; sólo los mejores intelectos tendrán acceso a las escuelas politécnicas o a las grandes universidades, como la de Zúrich. La asistencia sanitaria es una tacita de plata y el resultado es más que evidente: los suizos figuran en el palmarés de los pueblos con mayor esperanza de vida del mundo. 

Eso sí, el costo de la vida puede resultar astronómico, como ya lo decía. Si bien los sueldos son elevados, decir que Suiza es costosa puede ser un simple eufemismo. Comer en un McDonald’s, para seis personas, puede llegar a los 70 francos suizos. ¿Un exabrupto? Algo así. 

Los malestares del bolsillo quedan aliviados, no obstante, cuando se posa la vista en los majestuosos panoramas que ofrecen los Alpes suizos, o cuando se visita la idílica ciudad de Vevey, en el cantón de Vaud, a orillas del lago Lemán. O cuando se camina por las calles del centro de Berna y se respira más orden, y se ven más tranvías. 

¿Tantas señales de progreso y calidad aseguran la felicidad de los suizos? Al parecer, sí, puesto que en abril de 2015 la ONU dio a conocer un informe que revela que los helvéticos son los más afortunados del mundo. Aunque la felicidad sea un tema forzosamente subjetivo, índices como el Producto Interior Bruto y la calidad de vida pesan, y mucho, en la percepción que podamos tener de eso que llamamos “ser feliz de verdad”. Es, al menos, lo que han dicho los expertos consultados por la ONU, que sitúan a los togoleses en las antípodas de los suizos.

Con sus fábricas de chocolates y navajas, su producción de quesos y relojes, Suiza pudiera tener una receta secreta para explicar tanto bienestar. Tal vez no sea muy secreta, sólo encriptada hasta cierto punto. El lema del país, en latín, dice: “Unus pro omnibus, omnes pro uno”. Traducción: “Uno para todos y todos para uno”.
Así de simple. 

No obstante, tanta perfección, ¿podría ser cosa de un decorado, de una fachada, de un algo que oculta lo que no se ve? La respuesta a esa pregunta, por supuesto, no la tengo y quizá nunca la tendré. Quizá no sea tan importante, después de todo. Mientras tengamos los chocolates y los quesos suizos, la vida continúa.
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En la imagen, una pasarela de madera y al fondo el lago Lemán, en algún lugar de (o próximo a) Ginebra. Fotografía del sitio ElGatho.com.
 

sábado, 10 de diciembre de 2016

La magia de olvidar


Éste es un mundo sin magia. Y cuando la magia llega, por cosas del azar o del destino, tenemos que olvidarnos de ella. Es éste, quizá, uno de los mensajes de la última creación de Joanne Rowling, a quien me permito considerar una digna Borges inglesa en la cincuentena. En efecto, en su última obra, adaptada al cine por David Yates, la madre de Harry Potter nos dice que nuestro mundo no está preparado, y tal vez nunca lo estará, para la publicación de un bestiario moderno o, mejor aún, para una invasión de extrañas criaturas insólitas, fantásticas, dotadas de poderes, dones, ilusiones.

Aquí me refiero al filme Fantastic Beasts and Where to Find Them (2016). La escena final es un simple regalo visual y filosófico. Puesto que la raza humana es incapaz de convivir con la magia, una lluvia hechicera cae sobre los habitantes de la Nueva York de los años veinte para hacerles olvidar todo lo que han visto y que puede hacer revelar, peligrosamente, el secreto mundo de los magos. Mientras la lluvia cae, un grupo de encantadores, varita mágica en mano, reconstruye la metrópolis, pone en su sitio los ladrillos desparramados, reconstruye, establece de nuevo el orden… Olvidar y reparar. Dos palabras clave. A mí me gustaría vivir en un mundo mágico, y quedarme para siempre en él, pero si tan sólo pudiera, de vez en cuando, apelar a ese hechizo infalible que permite olvidar todo aquello que nos ha hecho daño, y, de paso, reparar lo que se ha destruido, ¿qué no haría?

La mente humana es un escenario en el que, según García Márquez, por obra de algún «artificio», solo los buenos actores –los buenos recuerdos– permanecen hasta el final. Ésa es otra clase de magia, claro está.

Cierro los ojos y me dejo llevar por la lluvia de Nueva York, años veinte. Entonces escucho el embrujo de la desmemoria: ¡Obliviate!

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En la imagen, del sitio IndieWire.com, el actor británico Eddie Redmayne en un fotograma de Fantastic Beasts and Where to Find Them (2016), de David Yates.

viernes, 30 de septiembre de 2016

Venezuela en Montereau





Este año, con mis alumnos de Terminal (equivalente al último año de bachillerato), he decidido trabajar con el espinoso e inagotable tema de la situación política en Venezuela. Comenzamos estudiando un artículo de prensa sobre la simbólica manifestación del 1 de septiembre de 2016, seguimos con otro documento que evoca las claves de la crisis social del país y terminamos con una foto tomada por un anónimo en un hospital del estado Anzoátegui en el que se aprecia a seis recién nacidos durmiendo en improvisadas cunas de cartón. En el país con las mayores reservas de petróleo del mundo los niños duermen su primera siesta como si fueran objetos olvidados en un trastero. El futuro de Venezuela duerme en cajas de cartón.

Tocamos, cómo no, el tema de la escasez y de la inflación, la más astronómica del mundo, y presentamos a los personajes del culebrón más largo del país: desde Nicolás Maduro y Leopoldo López sin olvidar a Lilian Tintori y Diosdado Cabello.

Hoy, esta tarde, para trabajar la construcción sintáctica de una frase hipotética, que incluye una condición, decidimos completar dos frases. La primera: «Si fuera venezolano o venezolana...»; la segunda: «Si estuviera en Venezuela...». Con respecto al primer enunciado, el sentido común de una alumna dejó escapar una frase como «me iría del país». Con respecto a la segunda sentencia, no pude evitar una sonrisa, amplia y sincera, ante la expresión ya completada en un español simple, pero contundente: «Si estuviera en Venezuela, me presentaría como candidato para ser el nuevo presidente del país, y traería dinero para cambiar la situación».

Apártate, Nicolás. Tu reemplazo ya está aquí, en Montereau, a unos 90 kilómetros de París.
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La imagen, del fotógrafo venezolano Andrés Kerese, fue tomada durante una jornada de validación de firmas para el referendo revocatorio contra Nicolás Maduro, en Higuerote, estado Miranda, el 23 de junio de 2016.

domingo, 28 de agosto de 2016

Natalie, los franceses y nosotros




Esta semana leí en el portal de noticias MSN que la actriz estadounidense Natalie Portman se mudó de París a Los Ángeles por sentirse incapaz de comprender y de integrarse a la sociedad francesa. Más aún, no dudó, según esta información que merece el maleficio de las dudas naturales, en caer en el eterno cliché que dice que «los franceses son fríos e insoportables».

Después leí un fragmento del libro Dieu voyage toujours incognito (la traducción española lleva por título un inexplicable No me iré sin decirte adónde voy), del escritor francés Laurent Gounelle, en el cual aprendo que los seres humanos actúan de conformidad con los gestos y códigos que se expresan mutuamente. Es decir, y en teoría, si pretendo que cada día la gente me sonría, sea amable y considerada conmigo, yo mismo tengo que actuar de ese modo. Por otro lado, si soy alguien cabizbajo, pesimista, negativo o de mal temperamento, veré el resto del mundo según los cristales de esa visión turbia de las cosas.

Si creemos en esto, podríamos atrevernos a decir que el resto de los mortales, tal y como lo ha hecho nuestra espléndida Natalie (a quien le podemos perdonar casi todo gracias a sus mágicas películas), reflejan en los franceses sus propios prejuicios y actitudes negativas. De este modo, si vamos a París, podemos actuar con cierta frialdad y hermetismo puesto que estamos convencidos de que nadie nos sonreirá ni se mostrará amable u hospitalario. Pero, tal vez, si hacemos la prueba, y desde que llegamos saludamos al vendedor de periódicos con un sonoro bonjour y una sincera sonrisa de oreja a oreja, veremos la diferencia. No pretendo con esto que hay que sobreactuar una alegría que no se siente, pero sí creo, como lo dice Laurent Gounelle, que nuestro mundo es el espejo de nosotros mismos.

Así que, Natalie, regresa a París, olvídate de Los Ángeles y comienza de cero. La vida es eso: un eterno empezar, una y mil veces.
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En la imagen, la actriz Natalie Portman en un fotograma de la película Black Swan (2010), del realizador Darren Aronofsky.

lunes, 27 de junio de 2016

Los fantasmas del ‘Titanic’



 

Me he preguntado muchas veces por qué la película Titanic, del realizador James Cameron, obtuvo un éxito tan fulgurante hace casi veinte años. Sin duda, la música y sobre todo los efectos especiales tuvieron mucho que ver. Dos décadas después, con tantos adelantos y artificios que vemos en este mundo cinéfilo que navega en la tercera dimensión visual, la imagen del enorme trasatlántico hundiéndose en la helada negrura de aquella noche de abril de 1912 todavía resulta apabullante. Pero ahora creo que la magia de los efectos visuales y sonoros es lo de menos en esta historia. Lo que cuenta, en realidad, es el relato de un amor puro y apasionado que sólo duró lo que duran dos días con sus mágicas puestas de sol.

 

La historia de Jack y Rose es la clásica aventura de los amores contrariados. Si las diferencias sociales alejaban en la realidad a un vagabundo que ganó su entrada en el barco gracias a una partida de naipes y a una respingada jovencita destinada a un matrimonio fastuoso y miserable a la vez, las esperanzas de una vida que se soñaba plena de dichas y amaneceres sin fin se estrellaron contra la tragedia de un iceberg avistado demasiado tarde y el hundimiento de la embarcación. 

 

En la vida real, a veces las cosas pueden ser iguales. Un amor verdadero puede durar dos días o 16 o 50 años. Y, de repente, llega el naufragio. Y el hundimiento. Y crees que saldrás a flote, y sí, lo haces, pero en otra vida, en un mundo de sueños en el que finalmente comprendes que ese amor sigue siendo eterno. Por eso la escena final de Titanic es tan sobrecogedora. Una Rose anciana duerme o exhala el último suspiro mientras una brisa del Atlántico la conduce por el mar y la sumerge hasta llevarla al baile de gala que prosigue su música sin fin, sin parar. Y ahí está un Jack de pie, muy contento, con los ojos brillantes, esperando por siglos a la Rose de su vida, a quien le da la mano y la conduce por la amplia escalera, y le da un beso sonoro y hermoso que todos festejan con gritos de alegría y aplausos. Es éste el verdadero gancho de la historia que hizo de James Cameron uno de los cineastas más ricachones del mundo.

 

Y es que tal vez algunos amores sean así.  Porque a la final se trata de dos almas que se aman, y cuyo amor es sepultado en el océano durante décadas hasta que un día revive en una danza que durará por todas las eternidades, y en la que esas dos almas bailarán hasta un final que no existe, reunidas y reencontradas para siempre en una felicidad libre de lágrimas.

 

Serán, entonces, como dos fantasmas liberados para siempre de cualquier naufragio. Fantasmas felices, ligeros, sin cargas, sin dolores. Como los benditos fantasmas del Titanic.




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En la imagen, los actores Leonardo DiCaprio y Kate Winslet en la escena final del filme Titanic (1997), de James Cameron.

martes, 26 de enero de 2016

Sueños y genios





Creo que el cansancio me está haciendo soñar verdaderos disparates. Una de estas noches me pareció encontrarme en una especie de cine flotante. Había una pantalla gigantesca en la que se proyectaba un episodio de la serie I Dream of Jeannie. La imagen se veía perfecta, depurada, con los colores muy nítidos. Me desperté aún más cansado de lo que estaba cuando me quedé dormido, y por un momento me pregunté por qué había tenido aquel sueño. Me pregunté si este año me encontraré con alguna lámpara mágica, y si habrá dentro algún genio dispuesto a concederme un deseo. Me pregunté, entonces, cuáles serían mis deseos, si los tuviera, y me di cuenta de que lo mejor es siempre trabajar por lo que uno quiere, por los sueños verdaderos, aunque a veces no se pueda dormir y se sueñen locuras de genios disfrazados de actrices de los años sesenta en la pantalla de un cine flotante.

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En la imagen, extraída del sitio TheMotionPictures.net, la actriz estadounidense Barbara Eden en un episodio de la serie I Dream of Jeannie (Mi bella genio en español).