sábado, 10 de enero de 2026

Georgianas (6)

 


Nunca antes me había sentido tan pobre, tan impotente frente a un pasado que había invertido en diplomas, bibliotecas, en exámenes, traducciones, en una supuesta teoría de la coproducción periodística, en un tal Jorge Luis Borges. Me vi llegando a los cincuenta años con dificultades para pagar mis créditos, dándoles a mis hijos un apoyo material escaso, con limitaciones. Me di cuenta de que en Francia no había dejado de ser el repartidor de periódicos que era cuando llegué, que el pretendido prestigio de una agrégation en el bolsillo no cambiaba absolutamente en nada mi condición de obrero con las manos manchadas de tinta, introduciendo ejemplares de Le Parisien y Le Monde en los buzones congelados de aquellos largos inviernos que siguieron a nuestra llegada repleta de ilusiones a París.

En esos momentos en que examinaba mi pasado, los rascacielos de Atlanta se burlaron de mí; reconocieron la futilidad de mi destino. Lo habían conseguido: yo también quería convertirme en un engranaje del sueño, en una pieza más, consumida sin remedio en el fuego de las vanidades georgianas.

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Foto: A Dark Interior, Keith Dotson.

Georgianas (5)



Domingo por la tarde en Blue Ridge, en el norte de Georgia. Recorremos una calle animada con algunos comercios que aún permanecen abiertos. La silueta de una locomotora azul, lustrosa e inmensa, se recorta sobre un fondo de árboles pintados con todos los colores de la paleta del otoño. Pocas horas antes estuvimos en un mercado de productos agrícolas y en una huerta de manzanas. Es una vida apacible, bañada por un sol que remueve los olores de la tierra trabajada.

En Georgia la vida a veces se escabulle del caos, de la prisa y del rugido de los motores, la caballería con la que los centuriones del nuevo siglo avanzan hasta el arco triunfal de las riquezas prestadas.

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Foto: Abandoned Farmhouse in the Rural South, Keith Dotson.


Georgianas (4)

 

La palabra «taxi» desapareció. Ahora un taxi es más bien un Uber. Me voy en un Uber desde Lawrenceville hasta Buford. El camino nos recibe con el sol otoñal de Georgia, jardines bien cuidados, pero con muy pocas flores de la estación, y las casas con sus porches, sus mecedoras, sus ventanas cerradas y sus salones vacíos. El «nosotros» del que hablo es el conductor del Uber y yo. El conductor, en apenas trece minutos, tuvo tiempo suficiente para darme una conferencia magistral de historia contemporánea de los Estados Unidos.

Su lección podría resumirse en tres grandes ideas:

Estados Unidos no es un país; es una ilusión;

Estados Unidos no es un país; es una empresa, una corporación;

Estados Unidos sigue siendo el país en el que puedes nacer pobre y morir rico.

Las tesis del conductor, un hombre afroamericano, con barba y gafas de sol, se sostienen con ejemplos que me dejan sin palabras: «Desde que los niños están en tercer grado [de la escuela primaria], el Gobierno ya sabe cuántos prisioneros va a necesitar para llenar en el futuro las prisiones». El sistema penitenciario de Estados Unidos es, según el improvisado conferencista, el más próspero del país, en términos de números y cuentas. Otra perla: «Podemos creer que somos millonarios, pero en realidad pagamos para ser millonarios».

No encuentro una mejor manera para describir el fondo del sistema financiero de los Estados Unidos: la deuda. Todo consiste en vivir del crédito, de lo que no es tuyo, pero que lo será algún día. Maybe.

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Foto:1960’s Buick Electra in Leslie, Georgia, Keith Dotson.

El gran liberador




La víspera de las elecciones que sellaron el segundo mandato de Donald Trump, mientras caminaba por las desiertas calles de Washington D.C., pocas horas antes de tomar el vuelo de regreso a Francia, nada podía prepararme para la impresionante montaña rusa de cambios que hemos presenciado en los últimos meses. Terminada la «tregua de Navidad», la flota militar estadounidense apostada en las costas de Venezuela desde septiembre de 2025, destruyendo a su paso supuestas narcolanchas, ha demostrado que su presencia no ha sido en vano al llevar a otro nivel su caribeña «guerra fría».

La espectacular captura de Nicolás Maduro y de su esposa Cilia Flores quedará para siempre grabada en nuestras retinas como la prueba más evidente de que los mejores guionistas y productores de Netflix y Hollywood residen en la Casa Blanca.

Pero Venezuela es sólo un peón en el gran ajedrez concebido por Trump. Lo que hemos visto hasta ahora es tan sólo una demostración de poder absolutista, concebido según las coordenadas de esta segunda década de siglo. Mientras tanto, miles, millones, se unen en cadenas de oración esperando que los tan ansiados cambios lleguen por fin. Otros tantos consideran tener el derecho no compartido de declarar las opiniones que sí cuentan: «Sólo nosotros, los venezolanos, podemos decir y decidir si lo que Trump ha hecho en Venezuela nos conviene o no. Nadie, de ningún otro país, ha vivido y pasado por lo que nosotros hemos sufrido». Estas mismas voces, por supuesto, no se lo piensan dos veces: «¡Por supuesto que estamos de acuerdo! Gracias, Trump, te amamos, ¡eres el mejor!», y cuando lo dicen o lo gritan a los cuatro vientos, lo hacen en un torbellino de videos musicales con bailarinas que amasan arepas y anudan hallacas, y con imágenes trucadas —la inteligencia artificial nunca había sido tan bienvenida— que muestran a un Trump transmutado en aficionado al béisbol y a la cerveza zuliana, con el mismo desparpajo de un vecino cualquiera de El Saladillo.

De verdad, a veces no entiendo qué me paso el día que nací en Maracaibo. Lo único que me da ver una algarabía semejante es miedo. Pensar que trocar un dictador por otro es la solución definitiva —y que nadie hable del petróleo porque no hace falta— pone los pelos de punta. Si de verdad, a la larga, las cosas llegasen a mejorar al punto de que la tan denostada diáspora podrá por fin hacer marcha atrás, volviendo a un país que no será nunca el que vive en los recuerdos, pues bien, sí, ojalá, que así sea.

Pero algo me dice que las cosas no serán tan simples. La necesidad de un caudillo está más vigente que nunca en Venezuela; somos incorregibles. «Hace falta mano dura, es lo único que nos sacará de estos apuros». Si antes el líder supremo, charreteras mediante, había de llamarse Juan Vicente, Marcos Evangelista o Hugo Rafael, nacidos todos bajo el sol andino o el de los llanos, la nueva versión del jefe máximo es la de un emperador contemporáneo, agigantado en su palacio miamense de testosterona, decisor de los destinos de la mitad y un cuarto del planeta, ansioso por que alguna academia deje de hacerse la sueca y lo premie, por fin, como el mejor, el más listo, el gran pacificador, el que puso término a las guerras creando nuevas, creando y dejando otras abiertas, por la mitad, desangrándose, mientras suena la melodía de un violín, a lo Chaplin, y un globo terráqueo gira y gira, como un juguete en exposición.

Entre un régimen de narcotraficantes y otro de billonarios neocolonialistas. Es lo que nos toca.

El 3 de enero de 2026 pasará a la historia como el día en que los venezolanos acabaron por demostrar a todo el mundo hasta qué punto llega la incapacidad para gobernar un país con sentido común y amor por el progreso y el bienestar de todos.

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Un fotograma de The Great Dictator (1940), de Charles Chaplin.

lunes, 22 de septiembre de 2025

Canción de verano (30/30)


 Literatura argentina

Termina el verano y empieza el otoño. Este año comparto mis responsabilidades de profesor de español de instituto con las de un profesor de español universitario. Pocas cosas cambian, en realidad. La diferencia semántica entre el alumno y el estudiante se aplica entre los que carecen de luz y por eso se preparan para obtener —algún día— el diploma de bachillerato y los que sí estudian de verdad —al menos, en teoría, si las inteligencias no naturales se los permiten—. Ya sea que no tengan luz o que no estudien, mi trabajo consiste en que las cosas cambien, aunque sea un poco o un poquito. Me digo que más allá de enseñar a redactar cartas de postulación para unas prácticas o la lógica del condicional compuesto, lo que de verdad valdría la pena es hablar por horas y horas de la literatura de Leila Guerriero, Mariana Enriquez, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges. ¿Cómo es posible, dios santo, que los argentinos sepan y puedan escribir tan bien? ¿Qué cosa tan extraña se pudo haber producido en ese lugar del mundo austral en el que tantos genios crean arte con el fuego de un abecedario que no se parece a ningún otro?

Son estos últimos rostros, los de los escritores argentinos que más admiro, los que se van apagando en los acordes finales de mi última canción de verano.

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Mariana Enriquez, fotografiada por Sebastián Freire, según Anagrama.


Canción de verano (29/30)

 

Música estival

Estas canciones de verano terminaron haciéndose demasiado largas. Empezaron en el verano de 2023 y todavía siguen sonando. Son canciones cuyas letras están compuestas de recuerdos de libros que leí, de experiencias que he vivido, de películas, de series de televisión; retazos, imágenes y sonidos de un mundo que gira y gira. Los años pasan, pero los recuerdos siguen ahí, a veces clavados con clavos que duelen, pero solo por un instante. Hay días que se repiten: ir a la biblioteca nacional, comer plátano frito y arroz con camarones, leer, leer y leer, ir al cine que está justo al lado de la biblioteca y ver una, a veces dos películas. El cine asiático es inquietante, presenta mundos depurados en los que no hay nada de normal, salvo el silencio que se siente como un trueno. Los silencios que pesan como truenos constituyen el oxímoron más desgastado de la literatura al punto de que es el único ejemplo que cita el diccionario. No soy original.

Mi vida se reparte entre varias ciudades. Mi madre y mi hermano viven en Francia desde hace ya seis meses. Pienso en la vida que se quedó en aquella casa en Santa María, a unos metros de la plaza de las Madres. La casa sigue en pie gracias a unos primos de mi madre que la cuidan, pero ¿volveremos algún día a Santa María? Otro silencio atronador.

Mientras tanto, vivimos en otra casa, a poco más de una hora en tren de París, situada en una calle que lleva el nombre de otro santo: san Eligio o san Eloy. Saint Eloï. Mi casa.

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La fotografía, de H. Armstrong Roberts, fue publicada en el diario El País el 20 de septiembre de 2025. Es la ilustración de un artículo titulado «“He releído a Cortázar y me quedo con Los Simpson: ¿es buena idea volver a lo que nos entusiasmó de jóvenes?», de Enrique Rey.


jueves, 24 de abril de 2025

Georgianas (3)

Eatonton es la capital literaria de Georgia. De los tres grandes nombres que resaltan en el museo dedicado a los escritores georgianos —Joel Chandler Harris, Flannery O’Connor y Alice Walker—, la obra de esta última autora, premiada con un Pulitzer, creadora del universo de esa joya cinematográfica que es El color púrpura (Steven Spielberg, 1985), es la que mejor me seduce.

Hay algo en Eatonton, una presencia, una huella de presagios, de cosas que ya sucedieron, pero que pareciera que estuvieran a punto de volver a ocurrir. Antes de irme del pueblo, una señora se ofreció a llevarme hasta una antigua mansión, todavía en pie, en la que se vivió bajo el látigo de la esclavitud. Fue ahí donde vivió Joel Chandler Harris y el esclavo que lo ayudó a inspirarse para narrar las viejas tradiciones del sur estadounidense. Muy cerca, un camposanto acoge los restos de familiares de Alice Walker; justo enfrente, una iglesia en ruinas recuerda la fe de quienes cantaban glorias al dios de los hebreos, el que nunca olvida a los pueblos oprimidos.

En el camino de regreso me encontré con varios campos de algodón. El sol caía con fuerza en la tarde del otoño georgiano. La música de Quincy Jones me acompañaba en el recuerdo, las imágenes de dos hermanas separadas por la maldad de un hombre que, tarde, aprendió que el fondo de la inocencia es algo que nunca puede ocultarse, que los juegos de palmas de manos siguen y siguen, mientras una canción se repite bajo una cadencia de armónicas y violines, de algún látigo lejano y de manos rotas, la cadencia del amor más puro.

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Foto: Martin Luther King's Pulpit at Ebenezer Baptist Church, Keith Dotson.

Georgianas (2)


 Me tocó realizar una escala en Fráncfort antes de viajar hasta Atlanta. Los controles de seguridad para ir a los Estados Unidos son un poco más exigentes; esto parece ser una obviedad en el mundo posterior al 11 de septiembre. Cuando llegué a la capital de Georgia, el oficial de la aduana me hizo una serie de preguntas que por un instante me hicieron pensar que se interesaba con sinceridad en mi vida. Le llamaba la atención el hecho de que fuera español pese a haber nacido en Chiquinquirá-Maracaibo (cuando adopté la nacionalidad española, tuve que dar el nombre de la parroquia o distrito en el que nací). También le pareció curioso que me ganara la vida como profesor de español (sobre este particular, a mí también me va resultando cada vez más curiosa la elección personal de este oficio). Por último, antes de dejarme seguir mi camino, quiso cerciorarse, aunque mi respuesta a la final no tuviera ninguna importancia, de que no permanecería de forma ilegal en el país. Me saludó con una sonrisa, que le devolví antes de salir por la puerta que me condujo a una de las salas de llegada del aeropuerto internacional Hartsfield-Jackson, considerado el de mayor tráfico aéreo en todo el mundo.

Ahí estaba, poniendo el primer pie —no tan triunfal— en el tan anhelado suelo, según miles y miles de inmigrantes, de los Estados Unidos.

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Foto: Front Door to Historic Ebenezer Baptist Church in Atlanta, Keith Dotson.

Georgianas (1)

 

La sombra de los Estados Unidos, desde sus casi doscientos cincuenta años de fundación, ha impactado de miles de formas posibles los destinos y las vidas de todos los que hemos respirado el aire en éste, el mundo nuestro de cada día. Mi viaje de poco más de dos semanas, en el otoño de 2024, por algunos lugares del estado de Georgia y por la ciudad de Washington, confirmó esta idea personal acerca de la geopolítica de la dominación y respaldó aquello de que los viajes pueden ser el mejor sucedáneo de los libros. 

Por otro lado, la experiencia vivida me permitió sacar otra serie de conclusiones que considero importantes, sobre todo cuando uno ve que los años se van acumulando, conclusiones que podrían resumirse más o menos así: las amistades de verdad, las que cuentan, son muy pocas, poquísimas, y su precio es imposible de cuantificar; el sueño americano no sólo existe sino que también es capaz de encandilarte y de sumirte en una especie de nebulosa delirante, un torbellino de posibilidades y de estampas de casas confortables, que huelen a madera y a nuevo, y de un posible futuro ideal; por último, la construcción de los Estados Unidos como nación es un tema que, pienso, nunca dejará de apasionarme, sobre todo por lo que digo al principio de este breve comentario. Los antiguos no podían comprender su mundo sin antes entender los numerosos porqués detrás de la fundación de Roma o de Atenas; a nosotros, salvando ciertas diferencias nada desdeñables, nos debería de pasar lo mismo.

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La fotografía es del artista Keith Dotson, residente en el área metropolitana de Nashville, Tennessee, y especialista en la fotografía en blanco y negro. El título es View of Downtown Atlanta from the Jackson Street Bridge.

viernes, 23 de agosto de 2024

Canción de verano 28/30

 


Agregado

Como lo dijera antes, aunque el año pasado me despidiera de mis pretensiones de convertirme en profesor agrégé, en septiembre de 2023 volví a la carga, me armé de valor y logré contra todos los pronósticos alcanzar la meta, abrazar el santo grial, coronarme con uno de los 53 laureles reservados este año por el Ministerio de Educación Nacional para los invictos neocatedráticos de español. Este año me tocó defender ante el tribunal una disertación sobre el canal de Panamá y un extracto de El mundo por de dentro, el cuarto opus de un ciclo de «tratados y discursos» compuesto por don Francisco de Quevedo entre 1605 y 1622.

Quevedo fue una de las lecturas mejor asimiladas por Borges, cuyas Ficciones formaron parte del programa de las pruebas en 2014, el año que empecé a preparar esta larga andanza.

Todo se ha acabado. El estrépito y la música del pasado, de las gestas y de las decenas de personajes literarios que pude estudiar se han acabado. Estoy solo en medio de ninguna parte. El silencio es el viento sin colores de La Mancha.

Al final, no se trataba tanto de obtener la corona de laurel, sino de pelear una batalla que una parte de mí quería que no acabara nunca.

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Detalle de El jardín de las delicias (c. 1500-1505), del pintor neerlandés Jheronimus Bosch.

Canción de verano 27/30

 

Imane

Imane Khelif es uno de los rostros que con dificultad se olvidarán tras los Juegos Olímpicos de París. Sus puños de hierro, los mismos que obligaron a la italiana Angela Carisi a abandonar el cuadrilátero sin que pasara un minuto del primer asalto, son la marca de identidad de una mujer nacida con una particular carga genética que la eleva a las cúspides del androginismo, de lo que podría parecer, pero que, a fin de cuentas, no es. Su estatura de 170 centímetros, su mirada adusta, toda su carrera de boxeadora, así como su polémica medalla de oro, se han convertido en la leña que el fuego de las redes sociales necesita para seguir devorándolo todo con las llamas de los incesantes dime-que-yo-te-diré.

Imane, con apenas 25 años, ha querido defenderse enviando sus puños al vacío. Representante de Argelia, un país cuya religión oficial es la musulmana, Imane ha logrado romper mejor que casi nadie los estereotipos, las expectativas de miles de argelinas destinadas a consagrarse al orden del hogar y al respeto maridal.

Su vida apenas empieza. Su verdadero combate, también. Vamos, Imane, la campana acaba de sonar. Ésta es la pelea menos limpia de todas las que realizarás: es la pelea contra el odio y la ignorancia. Dos contra uno. 

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La ilustración fue sacada del sitio web Gali-art.com.


Canción de verano 26/30

 

Soledad

Está ahí, pero no la ves. Es como si fuera una representación de la fe. Crees en ella, pero porque estás obligado, aunque sea invisible. Es invisible porque en la trasparencia del mundo que ella crea hay un vacío, un silencio blanquísimo como el de los neones de la sala de espera de un hospital sin enfermos. Llegan los ruidos de la calle, las risas de un vecino que ríe, atiborra un crep de jamón y kétchup y fuma porros con sus amigos que ríen, ellos también, sacudiéndose con sus carcajadas los malos recuerdos del día. Todo esto ocurre al mismo tiempo. Esos ruidos son los únicos que el exterior se atreve a introducir en un mundo aparte, de recuerdos, de unos años que se fueron, de un jardín impecable que ya no será, de otra vida, de un amor contrariado o que nunca fue correspondido. 

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Vincent van Gogh, Autoportrait de l’artiste (1889), Museo d’Orsay.


Canción de verano 25/30

 

Sheldonianas, 2

A Mary se le ha ocurrido plantar una versión en miniatura de un jardín de los olivos, pero sin los olivos, sólo con unas flores modestas que casan muy bien con sus vestidos también modestos de madre, ama de casa a tiempo más que completo, esposa de un fornido entrenador de fútbol, amante él de las cervezas y de las costillas de res asadas en barbacoas que duran todo el año. Mary deposita su fe en sus plegarias dirigidas al cielo. Tiene un hijo aún no adolescente que es un genio de las ciencias duras. Ambos, madre e hijo, tratan a su manera de alcanzar eso que ellos llaman la comprensión del universo. Comprender el universo, vaya idea, ¿a quién se le pudo ocurrir?

Ciencia y religión son las dos caras de una misma moneda. Para ejercer la fe se necesita tanta razón como para ponerle algoritmos a un universo para siempre insondable. 

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La fotografía fue sacada de la página Open Universe.


Canción de verano 24/30


‘Winter is coming’

El verano se está acabando. Poco a poco, casi sin que nadie se dé cuenta. Esas históricas olas de calor que tanto han acaparado las informaciones y las redes se están convirtiendo en recuerdos desteñidos por la lluvia, las nubes grises, pero también, con seguridad, por la hojarasca que está por venir, los tonos rojizos y naranjas, por la época del año en la que tanto la nostalgia como los chocolates vieneses del denostado Starbucks nos sientan más que bien.

Me pongo de pie ante la ventana que da hacia un magnolio plantado enfrente de mi casa. Las hojas van anunciando una muerte inminente.

El sueño del invierno cada vez está más cerca.

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Un fotograma de la serie de televisión Games of Thrones (2011-2019).

Canción de verano 23/30


Sheldonianas, 1

Dos físicos eminentes se emborrachan una noche en el banco de un parque. Han estado pensando en sus carreras puestas al servicio del avance de la ciencia, de eso que ellos suelen llamar la comprensión del universo. Han dedicado la mayor parte de sus días a la búsqueda de conceptos, de teorías escritas, borradas y vueltas a escribir en pizarrones, cuadernos, servilletas, pañuelos desechables. La vida avanza cruelmente; no se detiene, te da oportunidades, pero no todo el tiempo. Si eres un físico brillante, contratado por una universidad estadounidense, es muy posible que un día te des cuenta de que tantos años de trabajo y de estudios laboriosos no conduzcan, después de todo, a ninguna parte.

Dos físicos eminentes se emborrachan todas las noches en el banco de un parque. 

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La fotografía de Albert Einstein se atribuye a Arthur Sasse y fue tomada en 1951.

Canción de verano 22/30


 

Regreso a las aulas

Dije que me despedía de la agrégation por la puerta trasera. Falso. La agrégation, de la que ya he hablado antes y que ha sido uno de mis fantasmas tutelares a lo largo de los últimos años, será esta vez —y por la última vez, lo juro— mi acompañante privilegiado con su clásica masa de libros, conceptos, ideas sobre la literatura, evoluciones de la lengua española, episodios bélicos de la historia de algún lugar de La Mancha del que forzosamente siempre tendré que acordarme. La lista es larga y continúa.

Para convertirme en un catedrático me he inscrito en una formación organizada por el departamento de español de la Universidad de Nanterre, una de las trece instituciones de educación superior herederas de la mítica Sorbona. Los profesores son más que excelentes y confirman aquello de que ser catedrático es ciertamente una panacea que sólo la pueden obtener los mejores. El ambiente entre los estudiantes que preparan las pruebas es agradable. Los pasillos de la universidad me recuerdan mucho a los de la Facultad de Humanidades de la Universidad del Zulia. En tres años voy a llegar a los cincuenta y todavía sigo siendo un estudiante.

¿Hasta cuándo? Creo que hasta el día en que deje de respirar. Estudiar y aprender tanto, aunque en mi caso ese tanto se reduzca a lo muy poco, representa una de las mejores cosas que la vida me ha deparado.

Porque estudiar hace de mí alguien menos pobre y un tanto más afortunado. 

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La Universidad de Nanterre fue fundada cuatro años después del sonado Mayo del 68. La fotografía, de Jacques Marie, fue tomada el 6 de mayo de 1968, cerca de la Sorbona, y fue sacada de la página web de Bernard-Henri Lévy.


domingo, 10 de septiembre de 2023

Canción de verano 21/30


De la música y la literatura

Cada gran autor de la narrativa hispanoamericana tiene un padrino con residencia en el panteón de los grandes compositores. Así, cada escritor puede ser una metáfora de la historia de la música occidental. Borges es, de este modo, ahijado de Bach: su literatura es un espejo de la arquitectura y del edificio sobre el que reposan las bases de un arte construido según lo breve, excusa para encerrar en cada esfuerzo, en cada poema, en cada ficción, un Aleph, un cosmos, el universo.

García Márquez, por su parte, es heredero de Mozart. ¿Cómo no pensar en que una narrativa tan luminosa, tan prodigiosa, tan llena de vida como un río infinito de “piedras pulidas”, no sea el resultado de la obra un genio que se sienta ante su máquina de escribir, con una flor amarilla sobre la mesa, para desgranar una de las prosas más perfectas en lengua española y contar fábulas que duran cien años y cuentos de abuelas sin alma?

Si un día abres una novela de Vargas Llosa, no te asustes si te sacude el estruendo del destino, el sol-sol-sol-mi de una sociedad, la nuestra, la de la América peruana, la de todos nosotros, que se hunde en el barro del machismo indecente, en el lodo de una condición humana que sólo puede redimirse en el fuego de una serie de narraciones y ensayos que resuenan sin ninguna sordera de por medio y según el espectro de Ludwig van Beethoven.

Tres grandes compositores: dos alemanes y uno austriaco. Tres grandes escritores: uno argentino, el otro colombiano, el siguiente peruano. Música y literatura se funden, se compenetran, encuentran sus semejantes.

Si se sigue con la lista, Cortázar es Mahler. Et ainsi de suite. 

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Una fotografía de Gabriel García Márquez (1927-2014), premio Nobel de literatura en 1982, publicada en Vanity Fair.

Canción de verano 20/30


 

11 de septiembre de 2001

Esta vez ocurrió en Nueva York, la capital del mundo, hace veintidós años. Esta vez no fueron tanques sino aviones tripulados por terroristas suicidas. El 11 de septiembre de 2001 marcó el final del verano de aquel año, pero, en realidad, supuso el cierre de toda una época, de un siglo completo. A las voces furibundas de quienes hicieron un llamado a la guerra del petróleo —entre quienes se contaron desde profetas hasta magnates— se unió también el clamor, más bien tímido, de los que denunciaron la falacia de los atentados, la chapuza de los rascacielos implosionados, la teoría por lo general fascinante de las conspiraciones inspiradas por la fuerza avasallante del dinero.

Yo era todavía un periodista a sueldo el 11 de septiembre de 2001. Ese día, en Maracaibo, los cinco televisores eternamente encendidos de la oficina de redacción del diario Panorama nos dejaron a todos sin palabras. Era como si una parte del humo y el polvo de aquellas toneladas de escombros hubiera podido llegar hasta nosotros. En cuestión de pocas horas ya teníamos listo un número especial que fue impreso y distribuido en quioscos, aceras y negocios con una celeridad y eficacia que entonces me parecieron dignas de admiración.

Fui testigo aquel día de un momento histórico en el que, veintidós años después, ya nunca supimos ser los de antes. Nuestros rostros siguen cubiertos por un manto de arena y huesos triturados.

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El 11 de septiembre de 2001 murieron casi tres mil personas en Nueva York, Washington y Shanksville, Pensilvania. La foto es de National Geographic.

Canción de verano 19/30


11 de septiembre de 1973

Ocurrió en Santiago, la capital chilena, hace cincuenta años. Unos tanques se apoderaron del pánico. Un señor con capa, pero sin espada, se adueñó de todo un país. Se han dicho muchas cosas desde entonces, y, en realidad, nunca se ha dicho nada. La muerte de Salvador Allende no impidió que su nombre se recuerde todavía con deferencia.

La dictadura chilena trajo consigo una prosperidad que muchos utilizan todavía como el principal argumento contra todas las izquierdas. Las ideas políticas importan poco cuando la dignidad de un ser humano es ametrallada impunemente. Buena parte de los responsables están ahora en un cementerio, inmunes, con sus golpes sin castigo, arropados con sus capas y sus bigotes tiesos, la memoria de un pentágono siempre incólume.

Por los siglos de los siglos.

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Una fotografía de Salvador Allende (1908-1973), presidente de Chile desde 1970 hasta el día de su magnicidio, el 11 de septiembre de 1973, publicada en Expansión. 

Canción de verano 18/30

 


Sir Roger

La historia del irlandés Roger Casement (1864-1916) es recreada en un volumen firmado por Vargas Llosa y cuyas páginas, probablemente, pudieron haber sido reducidas a la mitad. El sueño del celta (2010) corresponde, con toda seguridad, a la idea que Borges se hacía de la novela como objeto de una de sus peores fobias. Podríamos decir que la historia, ricamente documentada, pretende convertirse en una apología de las libertades humanas, lucha lenta en la que se vivieron a principios del siglo XX episodios terroríficos en parajes perdidos del África o la Amazonía peruana. Gracias a Roger Casement, ennoblecido en su momento por la Corona británica y luego llevado a la horca por delitos de traición, el mundo parece haberse convertido en un lugar un tanto mejor.

Vargas Llosa parece repasar la historia de los diarios de Casement como una forma de refugio contra la hostilidad de un entorno cruel y opresor, en el que las manos de los indígenas esclavizados eran cortadas al mismo tiempo que la homosexualidad era llevada al extremo de un infierno en la tierra (esto último, a decir verdad, no ha cambiado desde 1916 hasta nuestros días, por muchos Stonewall y Harvey Milk que podamos contar como hitos de una pelea aún en curso).

Casement fantaseaba en sus diarios; se escapaba así de su realidad creando una completamente nueva. Sus delirios se transforman en hazañas similares a las de una Emma Bovary o un don Quijote. Sacado de la vida llamada real, Casement, uno de los precursores de la independencia irlandesa, es también un mito, una criatura de ilusión elaborada por la pasión y el arte de la literatura. 

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Un retrato de Roger Casement publicado en la página del Departamento de Asuntos Extranjeros del Gobierno de Irlanda.