viernes, 7 de diciembre de 2012

El legado de un verdadero padre




Ahí donde estás ahora, seguro que debe haber interminables partidos de tenis y dominó. Hay buenos vinos, de los que tanto te gustan, y mucho bacalao y chorizo. Y debe haber recuerdos, muchísimos, los tuyos y los que nos dejaste. Aquí te recordaremos, sobre todo, por tu sonrisa y tu buen sentido del humor. Eras el primero en celebrar los chistes de los gallegos. “Gallego”, así te decían en Ciudad Ojeda, tu segunda tierra, sin saber muchos de los que lo hacían que esa noble palabra procede de una tierra de celtas, gaitas y costas profundas y azules. La tierra que te vio nacer, un invierno de hace unos cuantos años, en una casa de piedra gris, que aún conserva intactos sus propios recuerdos en sepia y su hórreo fiel. Tierra de bosques verdes como tu mirada buena, de hombre honrado, padre ejemplar y dedicado a su hogar y a tu familia. Los sacrificios que has hecho para criar tres hijos y ver nacer nueve nietos no los podrá saber nadie nunca. Son sacrificios que para ti, estoy seguro, fueron deberes cumplidos con alegría. Madrugar, llevar el pan a la casa; un día, dos semanas, cuarenta o cincuenta y tantos años. La vida se va rápido. Para ti, con varias paradas en el camino: Coristanco, Barcelona, Guyana, Maracaibo, Ciudad Ojeda. No debió ser cosa fácil cambiar el verdor húmedo de Galicia por el asfalto y el fuego de nuestro lago marabino. Pero nunca ningún cambio fue un problema cuando había que cumplir con los deberes de la vida con gratitud, constancia y honestidad. Sobre todo si al final del día había un buen plato de patatas fritas con carne asada sobre la mesa. Y el rico pan de una de esas panaderías maravillosas de Ojeda. Y el vaso de coca-cola con “vitaminas”.

Nos quedan algunas lágrimas todavía. Es normal, compréndenos. Pocas veces toca despedir a un hombre como tú, de esos que dejan huellas profundas de gratitud en el corazón. Esperamos que esta despedida sea breve, y que nos veamos muy pronto. Para abrazarte y recordarte lo mucho que te queremos. Para decirte que ya los problemas terminaron, y que después de tantos trabajos, penas e injusticias, la vida siempre terminó reconociéndote tu montaña de buenas acciones, tu herencia bendita, tu legado eterno de bondad. Ese legado que no olvidaremos nunca, el legado de un verdadero padre.

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En la imagen, mi suegro Marcelino Muñiz Lavandeira (1944-2012), a quien dedico con respeto y amor estas cortas líneas. La fotografía fue tomada en agosto de 2001, en el aeropuerto de Salt Lake City, Estados Unidos.

1 comentario:

  1. Bravo Ricardo solo decir que chévere fué conocerlo y q vuestro dolor es mi dolor. Un abrazo familia os queremos

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