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Foto: A Dark Interior, Keith Dotson.
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Foto: A Dark Interior, Keith Dotson.
En Georgia la vida
a veces se escabulle del caos, de la prisa y del rugido de los motores, la
caballería con la que los centuriones del nuevo siglo avanzan hasta el arco
triunfal de las riquezas prestadas.
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Foto: Abandoned Farmhouse
in the Rural South, Keith Dotson.
La palabra «taxi» desapareció. Ahora un taxi es más bien un Uber. Me voy en un Uber
desde Lawrenceville hasta Buford. El camino nos recibe con el sol otoñal de Georgia,
jardines bien cuidados, pero con muy pocas flores de la estación, y las casas
con sus porches, sus mecedoras, sus ventanas cerradas y sus salones vacíos. El «nosotros»
del que hablo es el conductor del Uber y yo. El conductor, en apenas trece
minutos, tuvo tiempo suficiente para darme una conferencia magistral de
historia contemporánea de los Estados Unidos.
Su lección podría resumirse en tres grandes ideas:
Estados Unidos no es un país; es una ilusión;
Estados Unidos no es un país; es una empresa, una
corporación;
Estados Unidos sigue siendo el país en el que puedes
nacer pobre y morir rico.
Las tesis del conductor, un hombre afroamericano, con
barba y gafas de sol, se sostienen con ejemplos que me dejan sin palabras: «Desde
que los niños están en tercer grado [de la escuela primaria], el Gobierno ya
sabe cuántos prisioneros va a necesitar para llenar en el futuro las prisiones».
El sistema penitenciario de Estados Unidos es, según el improvisado
conferencista, el más próspero del país, en términos de números y cuentas. Otra
perla: «Podemos creer que somos millonarios, pero en realidad pagamos para ser
millonarios».
No encuentro una mejor manera para describir el fondo
del sistema financiero de los Estados Unidos: la deuda. Todo consiste en vivir
del crédito, de lo que no es tuyo, pero que lo será algún día. Maybe.
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Foto:1960’s Buick Electra in Leslie, Georgia, Keith Dotson.
La espectacular captura de Nicolás Maduro y de su esposa Cilia Flores quedará
para siempre grabada en nuestras retinas como la prueba más evidente de que los
mejores guionistas y productores de Netflix y Hollywood residen en la Casa Blanca.
Pero Venezuela es sólo un peón en el gran ajedrez concebido por Trump. Lo que hemos visto hasta ahora es tan sólo una demostración de poder absolutista, concebido según las coordenadas de esta segunda década de siglo. Mientras tanto, miles, millones, se unen en cadenas de oración esperando que los tan ansiados cambios lleguen por fin. Otros tantos consideran tener el derecho no compartido de declarar las opiniones que sí cuentan: «Sólo nosotros, los venezolanos, podemos decir y decidir si lo que Trump ha hecho en Venezuela nos conviene o no. Nadie, de ningún otro país, ha vivido y pasado por lo que nosotros hemos sufrido». Estas mismas voces, por supuesto, no se lo piensan dos veces: «¡Por supuesto que estamos de acuerdo! Gracias, Trump, te amamos, ¡eres el mejor!», y cuando lo dicen o lo gritan a los cuatro vientos, lo hacen en un torbellino de videos musicales con bailarinas que amasan arepas y anudan hallacas, y con imágenes trucadas —la inteligencia artificial nunca había sido tan bienvenida— que muestran a un Trump transmutado en aficionado al béisbol y a la cerveza zuliana, con el mismo desparpajo de un vecino cualquiera de El Saladillo.
De verdad, a veces no entiendo qué me paso el día que nací en Maracaibo. Lo
único que me da ver una algarabía semejante es miedo. Pensar que trocar un
dictador por otro es la solución definitiva —y que nadie hable del petróleo
porque no hace falta— pone los pelos de punta. Si de verdad, a la larga, las
cosas llegasen a mejorar al punto de que la tan denostada diáspora podrá por
fin hacer marcha atrás, volviendo a un país que no será nunca el que vive en los recuerdos, pues bien, sí, ojalá, que así sea.
Pero algo me dice que las cosas no serán tan simples. La necesidad de un
caudillo está más vigente que nunca en Venezuela; somos incorregibles. «Hace falta
mano dura, es lo único que nos sacará de estos apuros». Si antes el líder supremo,
charreteras mediante, había de llamarse Juan Vicente, Marcos Evangelista o Hugo
Rafael, nacidos todos bajo el sol andino o el de los llanos, la nueva versión del
jefe máximo es la de un emperador contemporáneo, agigantado en su palacio miamense
de testosterona, decisor de los destinos de la mitad y un cuarto del planeta, ansioso
por que alguna academia deje de hacerse la sueca y lo premie, por fin, como el
mejor, el más listo, el gran pacificador, el que puso término a las guerras
creando nuevas, creando y dejando otras abiertas, por la mitad, desangrándose,
mientras suena la melodía de un violín, a lo Chaplin, y un globo terráqueo gira
y gira, como un juguete en exposición.
Entre un régimen de narcotraficantes y otro de billonarios neocolonialistas.
Es lo que nos toca.
El 3 de enero de 2026 pasará a la historia como el día en que los
venezolanos acabaron por demostrar a todo el mundo hasta qué punto llega la
incapacidad para gobernar un país con sentido común y amor por el progreso y el
bienestar de todos.
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Un fotograma de The Great Dictator (1940), de Charles Chaplin.