sábado, 10 de enero de 2026

Georgianas (6)

 


Nunca antes me había sentido tan pobre, tan impotente frente a un pasado que había invertido en diplomas, bibliotecas, en exámenes, traducciones, en una supuesta teoría de la coproducción periodística, en un tal Jorge Luis Borges. Me vi llegando a los cincuenta años con dificultades para pagar mis créditos, dándoles a mis hijos un apoyo material escaso, con limitaciones. Me di cuenta de que en Francia no había dejado de ser el repartidor de periódicos que era cuando llegué, que el pretendido prestigio de una agrégation en el bolsillo no cambiaba absolutamente en nada mi condición de obrero con las manos manchadas de tinta, introduciendo ejemplares de Le Parisien y Le Monde en los buzones congelados de aquellos largos inviernos que siguieron a nuestra llegada repleta de ilusiones a París.

En esos momentos en que examinaba mi pasado, los rascacielos de Atlanta se burlaron de mí; reconocieron la futilidad de mi destino. Lo habían conseguido: yo también quería convertirme en un engranaje del sueño, en una pieza más, consumida sin remedio en el fuego de las vanidades georgianas.

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Foto: A Dark Interior, Keith Dotson.

Georgianas (5)



Domingo por la tarde en Blue Ridge, en el norte de Georgia. Recorremos una calle animada con algunos comercios que aún permanecen abiertos. La silueta de una locomotora azul, lustrosa e inmensa, se recorta sobre un fondo de árboles pintados con todos los colores de la paleta del otoño. Pocas horas antes estuvimos en un mercado de productos agrícolas y en una huerta de manzanas. Es una vida apacible, bañada por un sol que remueve los olores de la tierra trabajada.

En Georgia la vida a veces se escabulle del caos, de la prisa y del rugido de los motores, la caballería con la que los centuriones del nuevo siglo avanzan hasta el arco triunfal de las riquezas prestadas.

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Foto: Abandoned Farmhouse in the Rural South, Keith Dotson.


Georgianas (4)

 

La palabra «taxi» desapareció. Ahora un taxi es más bien un Uber. Me voy en un Uber desde Lawrenceville hasta Buford. El camino nos recibe con el sol otoñal de Georgia, jardines bien cuidados, pero con muy pocas flores de la estación, y las casas con sus porches, sus mecedoras, sus ventanas cerradas y sus salones vacíos. El «nosotros» del que hablo es el conductor del Uber y yo. El conductor, en apenas trece minutos, tuvo tiempo suficiente para darme una conferencia magistral de historia contemporánea de los Estados Unidos.

Su lección podría resumirse en tres grandes ideas:

Estados Unidos no es un país; es una ilusión;

Estados Unidos no es un país; es una empresa, una corporación;

Estados Unidos sigue siendo el país en el que puedes nacer pobre y morir rico.

Las tesis del conductor, un hombre afroamericano, con barba y gafas de sol, se sostienen con ejemplos que me dejan sin palabras: «Desde que los niños están en tercer grado [de la escuela primaria], el Gobierno ya sabe cuántos prisioneros va a necesitar para llenar en el futuro las prisiones». El sistema penitenciario de Estados Unidos es, según el improvisado conferencista, el más próspero del país, en términos de números y cuentas. Otra perla: «Podemos creer que somos millonarios, pero en realidad pagamos para ser millonarios».

No encuentro una mejor manera para describir el fondo del sistema financiero de los Estados Unidos: la deuda. Todo consiste en vivir del crédito, de lo que no es tuyo, pero que lo será algún día. Maybe.

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Foto:1960’s Buick Electra in Leslie, Georgia, Keith Dotson.

El gran liberador




La víspera de las elecciones que sellaron el segundo mandato de Donald Trump, mientras caminaba por las desiertas calles de Washington D.C., pocas horas antes de tomar el vuelo de regreso a Francia, nada podía prepararme para la impresionante montaña rusa de cambios que hemos presenciado en los últimos meses. Terminada la «tregua de Navidad», la flota militar estadounidense apostada en las costas de Venezuela desde septiembre de 2025, destruyendo a su paso supuestas narcolanchas, ha demostrado que su presencia no ha sido en vano al llevar a otro nivel su caribeña «guerra fría».

La espectacular captura de Nicolás Maduro y de su esposa Cilia Flores quedará para siempre grabada en nuestras retinas como la prueba más evidente de que los mejores guionistas y productores de Netflix y Hollywood residen en la Casa Blanca.

Pero Venezuela es sólo un peón en el gran ajedrez concebido por Trump. Lo que hemos visto hasta ahora es tan sólo una demostración de poder absolutista, concebido según las coordenadas de esta segunda década de siglo. Mientras tanto, miles, millones, se unen en cadenas de oración esperando que los tan ansiados cambios lleguen por fin. Otros tantos consideran tener el derecho no compartido de declarar las opiniones que sí cuentan: «Sólo nosotros, los venezolanos, podemos decir y decidir si lo que Trump ha hecho en Venezuela nos conviene o no. Nadie, de ningún otro país, ha vivido y pasado por lo que nosotros hemos sufrido». Estas mismas voces, por supuesto, no se lo piensan dos veces: «¡Por supuesto que estamos de acuerdo! Gracias, Trump, te amamos, ¡eres el mejor!», y cuando lo dicen o lo gritan a los cuatro vientos, lo hacen en un torbellino de videos musicales con bailarinas que amasan arepas y anudan hallacas, y con imágenes trucadas —la inteligencia artificial nunca había sido tan bienvenida— que muestran a un Trump transmutado en aficionado al béisbol y a la cerveza zuliana, con el mismo desparpajo de un vecino cualquiera de El Saladillo.

De verdad, a veces no entiendo qué me paso el día que nací en Maracaibo. Lo único que me da ver una algarabía semejante es miedo. Pensar que trocar un dictador por otro es la solución definitiva —y que nadie hable del petróleo porque no hace falta— pone los pelos de punta. Si de verdad, a la larga, las cosas llegasen a mejorar al punto de que la tan denostada diáspora podrá por fin hacer marcha atrás, volviendo a un país que no será nunca el que vive en los recuerdos, pues bien, sí, ojalá, que así sea.

Pero algo me dice que las cosas no serán tan simples. La necesidad de un caudillo está más vigente que nunca en Venezuela; somos incorregibles. «Hace falta mano dura, es lo único que nos sacará de estos apuros». Si antes el líder supremo, charreteras mediante, había de llamarse Juan Vicente, Marcos Evangelista o Hugo Rafael, nacidos todos bajo el sol andino o el de los llanos, la nueva versión del jefe máximo es la de un emperador contemporáneo, agigantado en su palacio miamense de testosterona, decisor de los destinos de la mitad y un cuarto del planeta, ansioso por que alguna academia deje de hacerse la sueca y lo premie, por fin, como el mejor, el más listo, el gran pacificador, el que puso término a las guerras creando nuevas, creando y dejando otras abiertas, por la mitad, desangrándose, mientras suena la melodía de un violín, a lo Chaplin, y un globo terráqueo gira y gira, como un juguete en exposición.

Entre un régimen de narcotraficantes y otro de billonarios neocolonialistas. Es lo que nos toca.

El 3 de enero de 2026 pasará a la historia como el día en que los venezolanos acabaron por demostrar a todo el mundo hasta qué punto llega la incapacidad para gobernar un país con sentido común y amor por el progreso y el bienestar de todos.

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Un fotograma de The Great Dictator (1940), de Charles Chaplin.