Nunca antes me había sentido tan pobre, tan
impotente frente a un pasado que había invertido en diplomas, bibliotecas, en
exámenes, traducciones, en una supuesta teoría de la coproducción periodística,
en un tal Jorge Luis Borges. Me vi llegando a los cincuenta años con
dificultades para pagar mis créditos, dándoles a mis hijos un apoyo material
escaso, con limitaciones. Me di cuenta de que en Francia no había dejado de ser
el repartidor de periódicos que era cuando llegué, que el pretendido prestigio
de una agrégation en el bolsillo no
cambiaba absolutamente en nada mi condición de obrero con las manos manchadas
de tinta, introduciendo ejemplares de Le
Parisien y Le Monde en los
buzones congelados de aquellos largos inviernos que siguieron a nuestra llegada
repleta de ilusiones a París.
En esos momentos en que examinaba mi pasado, los rascacielos de Atlanta se burlaron de mí; reconocieron la futilidad de mi destino. Lo habían conseguido: yo también quería convertirme en un engranaje del sueño, en una pieza más, consumida sin remedio
en el fuego de las vanidades georgianas.
***
Foto: A Dark Interior, Keith Dotson.
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