sábado, 10 de enero de 2026

El gran liberador




La víspera de las elecciones que sellaron el segundo mandato de Donald Trump, mientras caminaba por las desiertas calles de Washington D.C., pocas horas antes de tomar el vuelo de regreso a Francia, nada podía prepararme para la impresionante montaña rusa de cambios que hemos presenciado en los últimos meses. Terminada la «tregua de Navidad», la flota militar estadounidense apostada en las costas de Venezuela desde septiembre de 2025, destruyendo a su paso supuestas narcolanchas, ha demostrado que su presencia no ha sido en vano al llevar a otro nivel su caribeña «guerra fría».

La espectacular captura de Nicolás Maduro y de su esposa Cilia Flores quedará para siempre grabada en nuestras retinas como la prueba más evidente de que los mejores guionistas y productores de Netflix y Hollywood residen en la Casa Blanca.

Pero Venezuela es sólo un peón en el gran ajedrez concebido por Trump. Lo que hemos visto hasta ahora es tan sólo una demostración de poder absolutista, concebido según las coordenadas de esta segunda década de siglo. Mientras tanto, miles, millones, se unen en cadenas de oración esperando que los tan ansiados cambios lleguen por fin. Otros tantos consideran tener el derecho no compartido de declarar las opiniones que sí cuentan: «Sólo nosotros, los venezolanos, podemos decir y decidir si lo que Trump ha hecho en Venezuela nos conviene o no. Nadie, de ningún otro país, ha vivido y pasado por lo que nosotros hemos sufrido». Estas mismas voces, por supuesto, no se lo piensan dos veces: «¡Por supuesto que estamos de acuerdo! Gracias, Trump, te amamos, ¡eres el mejor!», y cuando lo dicen o lo gritan a los cuatro vientos, lo hacen en un torbellino de videos musicales con bailarinas que amasan arepas y anudan hallacas, y con imágenes trucadas —la inteligencia artificial nunca había sido tan bienvenida— que muestran a un Trump transmutado en aficionado al béisbol y a la cerveza zuliana, con el mismo desparpajo de un vecino cualquiera de El Saladillo.

De verdad, a veces no entiendo qué me paso el día que nací en Maracaibo. Lo único que me da ver una algarabía semejante es miedo. Pensar que trocar un dictador por otro es la solución definitiva —y que nadie hable del petróleo porque no hace falta— pone los pelos de punta. Si de verdad, a la larga, las cosas llegasen a mejorar al punto de que la tan denostada diáspora podrá por fin hacer marcha atrás, volviendo a un país que no será nunca el que vive en los recuerdos, pues bien, sí, ojalá, que así sea.

Pero algo me dice que las cosas no serán tan simples. La necesidad de un caudillo está más vigente que nunca en Venezuela; somos incorregibles. «Hace falta mano dura, es lo único que nos sacará de estos apuros». Si antes el líder supremo, charreteras mediante, había de llamarse Juan Vicente, Marcos Evangelista o Hugo Rafael, nacidos todos bajo el sol andino o el de los llanos, la nueva versión del jefe máximo es la de un emperador contemporáneo, agigantado en su palacio miamense de testosterona, decisor de los destinos de la mitad y un cuarto del planeta, ansioso por que alguna academia deje de hacerse la sueca y lo premie, por fin, como el mejor, el más listo, el gran pacificador, el que puso término a las guerras creando nuevas, creando y dejando otras abiertas, por la mitad, desangrándose, mientras suena la melodía de un violín, a lo Chaplin, y un globo terráqueo gira y gira, como un juguete en exposición.

Entre un régimen de narcotraficantes y otro de billonarios neocolonialistas. Es lo que nos toca.

El 3 de enero de 2026 pasará a la historia como el día en que los venezolanos acabaron por demostrar a todo el mundo hasta qué punto llega la incapacidad para gobernar un país con sentido común y amor por el progreso y el bienestar de todos.

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Un fotograma de The Great Dictator (1940), de Charles Chaplin.

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