martes, 6 de marzo de 2012

Feliz cumpleaños, Gabo



Hoy es el octogésimo quinto aniversario del premio Nobel colombiano Gabriel García Márquez. Cómo me gustaría tener la oportunidad de felicitarlo en persona, y decirle: “Gracias, maestro, y muchas felicidades”. Como esto es imposible, me conformo con agradecerle, por esta modesta vía, las horas de viaje en el reino de lo imposible, el regalo del español más bello y mejor escrito, las lecciones de redacción que me marcaron para siempre y el privilegio de enseñarme que periodismo, cine y literatura son materias indisolubles del alma y el arte de este mundo.

 
Para festejar este aniversario, Cien años de soledad, la obra maestra del maestro, estará disponible desde hoy en formato digital para los lectores del ciberespacio con tableta en mano, por supuesto.

Para terminar, comparto una serie de citas de Gabo recopiladas por el portal Wikiquotes. Son pequeñas perlas de arte y sabiduría extraídas de varias de sus obras:
  • “Creo que las mujeres sostienen el mundo en vilo, para que no se desbarate, mientras los hombres tratan de empujar la historia. Al final, uno se pregunta cuál de las dos cosas será la menos sensata”.
  • “El amor se hace más grande y noble en la calamidad”.
  • “Sólo porque alguien no te ame como tú quieres, no significa que no te ame con todo su ser”.
  • “El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”.
  • “Había tenido que promover 32 guerras, y violar todos sus pactos con la muerte y revolcarse como un cerdo en el muladar de la gloria, para descubrir con casi cuarenta años de retraso los privilegios de la simplicidad”.
  • “Era lo último que iba quedando de un pasado cuyo aniquilamiento no se consumaba, porque seguía aniquilándose indefinidamente, consumiéndose dentro de sí mismo, acabándose a cada minuto pero sin acabar de acabarse jamás”.
  • “Cuando estaba solo, José Arcadio Buendía se consolaba con el sueño de los cuartos infinitos. Soñaba que se levantaba de la cama, abría la puerta y pasaba a otro cuarto igual, con la misma cama de cabezar de hierro forjado, el mismo sillón de mimbre y el mismo cuadrito de la Virgen de los Remedios en la pared del fondo. De ese cuarto pasaba a otro exactamente igual, cuya puerta abría para pasar a otro exactamente igual, y luego a otro exactamente igual hasta el infinito. Le gustaba irse de cuarto en cuarto, como en una galería de espejos paralelos hasta que Prudencio Aguilar le tocaba el hombro. Entonces regresaba de cuarto en cuarto despertando hacia atrás”.
  • “Pero una noche, dos semanas después de que lo llevaron a la cama, Prudencio Aguilar le tocó el hombro en un cuarto intermedio, y él se quedó allí para siempre, creyendo que era el cuarto real”.
  • “No le dolieron las peladuras de cal en las paredes, ni los sucios algodones de telaraña en los rincones, ni el polvo de las begonias, ni las nervaduras del comején en las vigas, ni el musgo de los quicios, ni ninguna de las trampas insidiosas de la nostalgia”.
  • “Aureliano segundo resolvió que había que llevarla a la casa y protegerla, pero su buen propósito fue frustrado por la inquebrantable intransigencia de Rebeca, que había necesitado muchos años de sufrimiento y miseria para conquistar los privilegios de la soledad, y no estaba dispuesta a renunciar a ellos a cambio de una vejez perturbada por los falsos encantos de la misericordia”.
  • “Hicimos tantas guerras, y todo para que no nos pintaran la casa de azul”.
  • “El periodismo es el mejor oficio del mundo”.

  • “La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado”.
  • “La vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir”.
  • “Los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez”. 
  • “Tengo miedo de tener miedo”.
  • “Yo creo que todavía no es demasiado tarde para construir una utopía que nos permita compartir la tierra”.
  • “No le dijo a nadie que se iba, no se despidió de nadie, con el hermetismo férreo con que sólo le reveló a la madre el secreto de su pasión reprimida, pero a la víspera del viaje cometió a conciencia una locura última del corazón que bien pudo costarle la vida. Se puso a la medianoche su traje de domingo, y tocó a solas bajo el balcón de Fermina Daza el valse de amor que había compuesto para ella, que sólo ellos dos conocían y que fue durante tres años el emblema de su complicidad contrariada. Lo tocó murmurando la letra, con el violín bañado en lágrimas, y con una inspiración tan intensa que a los primeros compases empezaron a ladrar los perros de la calle, y luego los de la ciudad, pero después se fueron callando poco a poco por el hechizo de la música, y el valse terminó con un silencio sobrenatural. El balcón no se abrió, ni nadie se asomó a la calle, ni siquiera el sereno que casi siempre acudía con su candil tratando de medrar con las migajas de las serenatas. El acto fue un conjuro de alivio para Florentino Ariza, pues cuando guardó el violín en el estuche y se alejó por las calles muertas sin mirar hacia atrás, no sentía ya que se iba la mañana siguiente, sino que se había ido desde hacía muchos años con la disposición irrevocable de no volver jamás”.
  • “Lo único que me duele de morir, es que no sea de amor”.
  
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En la foto, Gabriel García Márquez, 1981, por Eva Rubinstein.

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